Por Mercedes Campiglia
Fueron muchas horas las que transcurrieron desde que la inducción inició hasta que recibió a su bebé al otro lado de una piel que tuvo que ser cortada para abrirle camino.
Temblando, puso su vientre en manos de los cirujanos para que penetraran cada capa de tejido hasta hallar, en el fondo oscuro de su ser, a esta vida que no encontraba otra puerta.
Una fina lluvia de diminutos besos y caricias amansaron su aterrada piel, que se dejó mecer por ellos, como mece el viento a los trigales. Y, una vez que hubo cesado el estremecimiento, un susurro apenas audible empezó a escapar entre sus labios: "gracias, gracias, gracias", repetido para sí misma cientos de veces.
Solo ella sabe lo que agradecía o a quién. Pero a mí me dió la impresión de que el eco de su voz operaba como una suerte de mantra sanador; un bálsamo que colocaba sobre sus heridas. Recibió a su niño entre lágrimas, las suyas y las de su compañero, que tras acompañar la agotadora jornada, ahora miraba la escena conmovido.
El mundo se condensó por un instante en ellos tres, reconociéndose, enamorándose, haciéndose promesas audibles y secretas sin que nadie los interrumpiera. Un niño que se aferró al vientre de su madre, unos padres que eligieron interpretar el gesto como una alianza con la vida en tiempos de dolor y muerte.
Recorridos únicos, puertas cerrándose al tiempo que otras se abren. La vida, en suma, palpitante, compleja, impredecible y fantástica. La vida en nuestra piel, piel a piel.