Por Mercedes Campiglia
Estaba previsto que naciera el 1 de enero pero los días pasaban sin noticias y la presión de su mamá empezó a elevarse un poco. La homeopatía y un par de sesiones de acupuntura ayudaron a que su cuerpo terminará de decidirse y al caer la noche de un 6 de enero, habiendo sorteado el último de los rituales de la temporada navideña, el útero se puso en marcha.
Yo llegué a su casa por la madrugada. Ella estaba completamente enfocada, trabajando con sus sensaciones. Su marido preparó té y escuchamos el corazón del bebé latir con fuerza acompasando la música que habían elegido para recibirlo. Nos quedamos abrazados por la penumbra tibia de su departamento hasta que se dejaron sentir las ganas de pujar. Salimos entonces rumbo al hospital cuando la ciudad aun dormía. Su médica había estado en contacto todo el tiempo, cuidándolos desde la distancia, porque conocía y respetaba la decisión de esta pareja de recorrer la mayor parte del camino en casa.
Llegaron a la sala de partos un bebé cerca de nacer, una madre dueña de su proceso y un compañero que la siguió amorosamente sin cuestionamiento alguno, confiando en su capacidad para encargarse de la empresa de traer la vida al mundo. El bebé hizo el viaje completo resguardado por la burbuja que lo había arropado durante 9 meses y llegó a este puerto en una tina de agua tibia en la que lo esperaban los abrazos de sus padres. "Somos del agua" dijo ella cuando el niño hubo llegado a su pecho después de que la doctora liberara tres circulares de cordón y una manita que había decidido ponerse en la cara y ofrecían cierta resistencia al flujo orgánico de este cuerpo entregado al flujo del río de la vida.
Bellos nacimientos que se definen sin obstáculos porque se les permite madurar en casa; uno de los más importantes aprendizajes que ha traído para mí esta pandemia.