Por Mercedes Campiglia
Él estaba convencido, antes de ser padre, de que quería que sus hijos nacieron en casa... ella no estaba tan segura. Pero su niña decidió llegar en medio de una pandemia que llenó de virus los hospitales.
Evaluaron diferentes opciones y finalmente eligieron desplazarse a la ciudad para acompañarse de un equipo de expertos en atención domiciliaria. Desempolvaron un antiguo y bello departamento en el corazón mismo de la CDMX y se instalaron en él cuando las contracciones arrancaron; poco a poco fuimos llegando el resto de los invitados a la fiesta.
Él estaba pendiente en todo momento de lo que se necesitara. Mientras ella balanceaba su pelvis sentada en una pelota, pasamos un rato charlando sumergidos en esa atmósfera de alegría y entusiasmo que suele ser antesala de los momentos que se han esperado con anhelo.
Pero pronto las contracciones se colocaron al centro y silenciaron las palabras, así que empezaron a hablar las manos... pomadas de hierbas, aceites esenciales, compresas calientes, rebozos... Una vigorosa caminata por un circuito trazado entre los pasillos de la casa permitió avanzar un importante tramo del camino que parecía ahora más corto de lo que habíamos imaginado cuando arrancamos. No quedaba claro si ella tenía prisa por llegar a alguna parte o estaba escapanfo de fantasmas que la acechaban pero sus pasos avanzaban determinados haciendo crujir la vieja duela bajo sus pies.
Mientras tanto su marido se dedicaba a la ardua tarea de llenar una tina de agua instalada en el dormitorio. Tuvo que conseguir piezas extrañas, construir parches entre mangueras que no ajustaban y acarrear monumentales ollas de agua hirviente desde la cocina. De tanto en tanto se acercaba a ella, le daba un beso y se aseguraba de que se sintiera amada.
Pero no nacería en el agua esta niña, a pesar del titánico esfuerzo de su padre para lograr que la tina alcanzara un nivel y una temperatura aceptables... Sobre el final se impuso la necesidad de cambiar de estrategia y sentada en un banco de parto, con el soporte de su marido en la espalda y el de todas las mujeres de su linaje que empujaban con ella desde las entrañas, arrastró a su hija desde el sótano de su ser hasta la vida.
Pujamos con ella todas, y me refiero a todas las que hemos parido antes... fue una experiencia poderosa de fuerza, de líquido amniótico estallando, de grito, de sangre. Todas volvimos a traer a nuestros hijos y sus placenta anoche hasta esta tierra, volvimos a poblarla de nuestros gruñidos y nuestros sudores. Parió la humanidad entera en este parto.
Y después del esfuerzo, el cansancio satisfecho de quien ha alcanzado la cima de la montaña. Ella en la cama, la niña en su pecho, el padre encargándose de resguardar la placenta y el resto de nosotras a su alrededor, tomado mezcal y levantando sin prisa el desorden que deja la fiesta mientras recapitulábamos sus mejores momentos.