Por Mercedes Campiglia
Con y sin Covid, las mujeres embarazadas tienen derecho a vivir sus partos como procesos plenos, respetados, íntimos y saludables. Son pocos los espacios y los profesionales que lo permiten, porque el miedo al contagio termina primando sobre cualquier otra consideración. Pero para la familia que recibe un bebé es importante sentirse cuidada, apreciada, protegida, cobijada... ningún virus cambia eso.
Este parto ocurrió como todos los demás... en un entorno cálido y amoroso. Ella, sostenida por su esposo y un banco de parto, acompañada por el amor y la música que había elegido, estimulada por la caricia sutil de las esencias que se fueron sucediendo unas a otras, por las manos que masajearon su espalda y las suaves palabras de aliento de su doctora, parió la vida.
Su trabajo de parto completo debe haber durado tres horas, de las cuales menos de una transcurrió desde que llegó a la casa de nacimientos hasta que tuvo a su nena en brazos. ¿Se habría justificado practicarle una cesárea, trasladarla a un área quirúrgica, separarla de su compañero o llevarse a la niña a un cunero, como suele hacerse en estos casos? Yo pienso que no.
Ahora toca lavar la ropa con desinfectante, comer en mesa aparte unos días y usar cubrebocas para cuidar de los demás. Algo está mal cuando el cuidado de uno comprende el sacrificio de otro. Nos cuidamos juntos porque somos, al final de cuentas, un mismo cuerpo. Y no hay mano en su sano juicio a la que no le interese apagar el fuego si ve que la otra se está quemando.