Por Mercedes Campiglia
Yo había estado con ellos en el parto de su primer hijo y ahora me invitaban al nacimiento del segundo. Su historia era una de esas inolvidables que quedan inscritas en el corazón con tinta indeleble y que, de forma misteriosa, amarran a las almas.
Hoy, cuando las contracciones arrancaron, ellos no las esperaba y yo tampoco. Nos tomaron por sorpresa en un momento que ninguno hubiera elegido. Pero la vida tiene sus rutas trazadas y no podemos hacer más que recorrer los senderos que nos presenta. Así que cuando el camino se reveló, simplemente decidimos que habríamos de recorrerlo juntos.
Llegué a su casa y la encontré en la regadera. Se balanceaba sobre una pelota bajo el agua tibia. Lloró un poco. El parto a veces trae consigo algunas lágrimas. "Lo mejor que puede pasarle a cualquier persona es darse cuenta de que no es el centro del universo lo antes posible", recuerdo haberle dicho para consolarla cuando confesó que vivía como una especie de traición la llegada del segundo hijo, que vendría a desplazar al primero de su puesto de estrella en la galaxia.
Pero creo que en realidad no lloraba por eso, sino por la suerte de melancolía que produce la vida cuando cambia y nos deja ver que lo que era ha quedado irremediablemente perdido para dar paso a lo desconocido. Comimos una porción de lasaña, le dio un beso a su niño, le anunció que se convertiría en hermano mayor esa misma tarde y partimos hacia el hospital.
La vez anterior una cadena de eventos inesperados se habían sucedido desde que ella puso un pie en la clínica hasta que su hijo hubo nacido, lo que convirtió al proceso en una montaña rusa que la llevó por cimas y precipicios durante incontables horas. En esta ocasión, por lo tanto, quería asegurarse de llegar cuando el trabajo de parto estuviera bien avanzado.
Esperamos a estar cerquita del final para trasladarnos, lo que convirtió al trayecto en una especie de carrera por la ciudad pilotada por el padre del niño que, a todas luces, había asumido por misión evitar que su retoño naciera en la Supervía. Entre un constante saltar de baches y la violenta ventolera que entraba por las ventanas sacudiendo hasta los pensamientos, arribamos a nuestro destino.
"No estaba lista para que llegaras, pero ya lo estoy", le confesó a su bebé, negociando la salida "ya quiero que nazcas". Y él nació, hermosamente, siguiendo la fuerza y la guía que le proveía el cuerpo de su madre.
Cubierto de grasa blanca fue puesto en los brazos de ella. Su padre lloró al verle... Un niño de cebolla, destinado a enternecer corazones. Se quedó un largo rato acurrucado plácidamente en el agua tibia, cobijado por la penumbra y el silencio, mientras todos a su alrededor contemplábamos conmovidos la hermosura del momento.