Guadalupe Trueba

El nacimiento de anoche fue exquisito. Lo esperaba desde hace poco más de 15 días ya que, si bien hubo una semana de contracciones que no se regularizaban, finalmente se arrancó a las 41.3 semanas de embarazo. Cuatro días antes, en consulta, su médico confirmó que todo seguía perfecto: bebé reactivo y feliz, líquido amniótico en suficiente cantidad, placenta funcionando al 100%… había que esperar unos días más.

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Ana José se sentía como reina esperando con tranquilidad y paciencia. La imagen que acompaña esta historia fue un regalo de su talento; tres días antes del parto, me comentó que se iría un rato a su estudio para dibujar.

Acompañar en este parto fue hermoso y me permitió sentir el contacto físico y humano que tanto ansiaba; eso es lo que me propongo narrar. Había conversado con el papá para advertirle que necesitaría su presencia en todo momento para ayudarme con el acercamiento físico y las medidas de confort que requieren el contacto (que parece prohibido en estos tiempos), pero en cuanto entré a su casa y la escuché gimiendo y la vi hincada en el piso, no pude resistir… olvidé “la sana distancia” y comencé a hacer lo que sé hacer. A la atenta escucha de ruidos y movimientos siguieron los mimos, masajes de cadera y muslos, el contacto visual, asirse a su mano cuando buscaba la mía y la “reboceada” que siempre funciona para relajar a la mujer y acomodar al bebé.

Abrazada de su esposo Emiliano que dividía su tiempo entre las tareas de llenar la tina de agua, atender a su hijo de 2 añitos que pedía los brazos de papi, responder al timbre de la puerta conforme llegaban los médicos y darle toda la atención y cariño necesarios, Ana se entregó a trabajar y descansar en su abrazo.

A mí me valió el COVID y dejé de pensar en la palabra “pandemia” por unas buenas horas. No solo le ofrecía a ella el toque suave y los masajes; también sentía que era un regalo para mí hacer contacto físico y proporcionar alivio. Una simple máscara cubrió mi nariz y boca y el resto fue la confianza de ellos en que mi cuerpo y mi alma estaban más que saludables.

El pujo fue un poco largo y al nacer la neonatologa notó que el cordón de Luca era muy corto además de estar enredado. Para no cortar el cordón y separar al bebé de su madre antes de tiempo pidió que sacáramos agua de la tina con cubetas, priorizando el contacto piel con piel y la no separación de mamá y recién nacido. Así que, entre una ginecóloga que acompañaba al médico, la abuela y yo, nos dispusimos a la tarea de bajar el nivel de la tina lo mas rápido posible.

Un detalle que me llenó de alegría fue el comentario de la ginecóloga que acompañaba a Christian, el médico responsable de este nacimiento: “Que emocionada me siento… es el primer parto en agua en el que estoy presente y además el primero en casa… así quisiera atender a todas las mujeres que elijan mis servicios”. La alegría que sentí fue inmensa al atestiguar que un médico mas se conmueve y se une a las filas del parto humanizado y respetado. Bienvenida doctora Fernanda.

Llegué a casa ya entrada la noche y no pude meterme a bañar para no despertar a mi marido. Así que me acosté con el cuerpo impregnado del olor inconfundible de los nacimientos en agua.

La flamante familia quedó en la propia acurrucados en la cama y con Luca a ratos succionando y a ratos durmiendo.