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Por Mercedes Campiglia

Ella me buscó hace un par de semanas para pedirme una consulta terapéutica en la que trabajar el terrible miedo que le generaba lo que pronto sería el nacimiento de su segunda hija. Como tenía una cesárea previa su doctora le había advertido que, si bien podía intentar un parto en esta segunda ocasión, resultaba imprescindible extraer a la niña de su cuerpo mediante el uso de fórceps obstétricos.

"Lo que necesitas no es una consulta terapéutica para resolver tus temores, es natural que estés aterrada. Necesitas una consulta ginecológica con un profesional que esté un poco más actualizado", le dije tras escucharla. Ella fue valiente y, aunque no me conocía de nada, eligió confiar en mí palabra.

Armamos juntas un nuevo plan de parto: cambió de médica, de hospital, y decidimos reemplazar las consultas terapéuticas que tenía contempladas por un par de clases de preparación para el parto. Ayer por la tarde, después de varias hora de contracciones irregulares durante las que nuevamente decidió confiar y permanecer en casa, se acercó a que la revisara su nueva médica para descubrir que había avanzado más de lo que imaginaba. Dos horas solamente transcurrieron desde ese momento hasta aquel en el que, sujeta de un rebozo, abrazada de su compañero y sumergida en una tina, vio en un espejo colocado entre sus piernas, cómo su segunda hija salía de su cuerpo impulsada por una fuerza que creía no poseer.

Ciertamente no requirió de fórceps ni de ningún otro instrumento. No le hizo falta más que lo que requerimos todas, dar ese salto imposible al otro lado del miedo y empujar la vida. Él no dijo una palabra en ningún momento pero sus lágrimas lo dijeron todo. La nena abrió sus dos enormes ojos en la brumosa penumbra de una habitación silenciosa para descubrir, poco a poco, las formas de esta nueva dimensión de la existencia que la esperaba ya con un primer regalo, un pequeño dragón de plástico que el hijo de la ginecóloga le había enviado.

Nacimientos humanizados, nada se les compara!!! Toda la ternura, toda la fuerza; una maraña de humanidades entrelazadas. No existe en esta tierra poder más sanador que la pósima de oxitocina que se derrama en ellos. Al sumergirnos en sus aguas cicatrizan nuestras heridas, se regeneran nuestras células y respira aire fresco el alma.

La protagonista de esta historia es investigadora y estudia la oxitocina en comunidades de insectos; se lleva ahora en el cuerpo la experiencia viva de lo que esta fabulosa hormona es capaz de hacer también en nosotros, tan racionales y civilizados, pero igualmente expuestos al embrujo de su encanto.