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Me siento afortunada de haber acompañado a una pareja, una mujer, a presenciar el milagro de la vida y del nacimiento de una familia. Con una ruptura espontánea de membranas de casi 24 horas y un médico que confió en ella y en lo que indica la evidencia científica, cuidándolas y apoyando emocionalmente.

La mayor parte del trabajo de parto transcurrió en casa, con el apoyo de su marido y la señora que ayuda con las labores del hogar, y se aseguró de que no hiciera falta nada Fue fundamental para ello contar con el apoyo y voto de confianza de su médico, el Dr. Elías Charúa.

En silencio, cubierta por una cobija pesada y sentada en la pelota la encontré. Ya con esas oleadas de contracciones intensas, concentrada, trabajando con cada una que llegaba.

Preparamos un chocolate caliente para el parto. Con movimientos, apretones de pelvis y silencio la fuerza del útero se fue incrementando hasta que ella pidió que nos trasladáramos al hospital, media noche con la luna casi llena.

El recorrido lo conocía, pero nunca me había percatado de la cantidad de topes que había en él, así que nos tomó casi media hora llegar al hospital. Su marido cada vez que se podía hacía alto total para que la contracción fuera más tolerable.

Nos instalamos en la habitación que les asignaron para trabajar cada oleada; se empezaron a escuchar vocalizaciones de esas que salen del alma, concentración, más apretones. Pidió la ayuda de un bloqueo que le dio espacio para descansar y soltar por un momento, permitiendo que su cuerpo, junto con el trabajo de su bebita, la llevaran a la dilatación completa.

Qué desafiante fue el expulsivo, 1 2, 3 horas de descenso y su gorda en el mismo sitio. Se empezaron a discutir opciones y ella, como toda una guerrera, no se daba por vencida. Así que sacó fuerzas de los rincones más escondidos hasta tener a su bebita en brazos. Su marido, que tenía un brazo inmovilizado a causa de una cirugía, estuvo en todo momento amoroso y pendiente de que ella estuviera lo mejor posible. Durante el pujo fue pieza clave para ayudar con anclajes y sostenerla tanto física como emocionalmente.

Su médico estuvo siempre cuidando de las dos, escuchando los deseos de la madre, sin poner en ningún momento a ninguna de las dos en riesgo. Es fundamental en esos momentos el apoyo de un equipo médico que basa su práctica en evidencia científica y que nunca olvida que el centro en la atención son la mamá y su bebé.

Dos días después pasé a verlos a su casa, estaban en la recámara de su gorda con el sol entrando por la ventana, es delicioso aprovechar los primeros baños de sol. Charlamos de cómo había sido su recorrido, lo desafiante y cansado; de su equipo médico, de lo poderosa que se sentía y lo completamente enamorada que estaba de su bebita cuando llegó y se quedó en su regazo por un largo tiempo, calienta, pegajosa.

Al poco rato llegó una de sus hermanas con sus cuatro hijos, la mayor quizá de unos siete añitos. Un lavado de manos y los zapatos en la entrada. La abuela ya los estaba esperando. Esas caritas de alegría y sorpresa nunca las voy a olvidar. Uno de ellos quería compartir su cuento, otro preguntaba si le habían abierto la panza, ya que todos ellos habían nacido de esa manera, la mayor preguntaba cómo había llegado su bebé a la panza… buena tarea que tendrían sus padres por delante… se sentía tanta alegría.

Me siento tan afortunada de haber presenciado el nacimiento de Joyce y tan agradecida por la confianza que Jaqueline y Jacobo depositaron en mí, mil gracias!!!

Patricia