Por Mercedes Campiglia

Una cesárea programada le había sido ofrecida para el nacimiento de su primer hijo y deseaba intensamente que este segundo embarazo culminara con un parto. Cuando empezó a acercarse la fecha de término, se convirtió en rastreadora de potenciales señales que dieran cuenta del inicio del proceso... Creo que debe haberme contactado al menos cuatro veces pensando que había llegado el momento, pero su bebé decidió esperar, puntual, hasta el preciso día de la fecha probable de nacimiento antes de poner en marcha los motores.

Las contracciones iniciaron suavemente por la madrugada, pero se volvieron pronto seguidas e intensas hasta romper la fuente. Completamente empapada en líquido amniótico y notablemente incómoda recorrió el camino al hospital para encontrarse con dos noticias que no esperaba: su cérvix estaba prácticamente cerrado, a pesar del arduo esfuerzo, y a su nena el trabajo de parto parecía gustarle tan poco como a ella.

Tan solo unos minutos transcurrieron entre la sala de labor en la que la herida de la cesárea dolía cada vez más intensamente y el quirófano en el que recibiría el alivio de la anestesia y, poco más tarde, a una nena saludable y hermosa que había heredado las manos de su padre. El pediatra elegido para recibirla no pudo estar en la cirugía; la vida tenía sus propios planes y decidió obsequiarles la compañía de una pediatra que cuidó amorosamente del apego y la lactancia.

La recién llegada se acurrucó en el cuerpo de su madre, donde recibió palabras de amor y la lechita tibia que ya había empezado, hacía días, a brotar por los pechos. Ciertamente no fue el camino que esperaban, pero se trató de una ruta amorosa y segura que los llevó a encontrarse piel con piel.