Por Mercedes Campiglia
Ellos eran bellos, sus gestos eran hermosos y el espacio había sido amorosamente embellecido con flores y pequeñas lucecitas colocadas por el papá cineasta para ambientar la locación de la filmación que nunca podría realizar porque la vida le llamó a tareas más importantes: "Deja ya eso, sé que para ti es importante pero déjalo." Atendiendo el llamado de su mujer hizo a un lado las cámaras y se sumergió en la marea de vaivenes del parto. Tendrá que conformarse ahora con las imágenes que mi celular alcanzó a tomar durante el hermoso recorrido que ocurrió entre una tina y un banco de parto, pero sobre todo con las escenas imborrables que habrá capturado su corazón.
Fue un viaje armonioso y perfecto. Ella lo recorrió guiada por su cuerpo al ritmo suave que le fue marcando. Dos días completos tardaron las contracciones en establecerse, dos noches pasó entregada al vaivén de su oleaje: "Confío en mi cuerpo y en mi bebé. Se me hace muy bonito que vaya calentando motores. Así soy yo en mi vida."
Y así, suavemente avanzando y sujetada de un rebozo que su marido sostenía para anclarla firmemente, llegó hasta el punto en que dijo: "Ya está, ya va a nacer." Y con un par de empujones le sacó de su cuerpo: "Perdón, me tardé" le susurró a su bebé al oido cuando finalmente lo tuvo en brazos. Pero no tardó, tomó el tiempo que necesitaba... su tiempo.
¿Cómo fue que se nos infiltró la prisa al parto? ¿Quién le abrió la puerta? El parto no tiene por qué ocurrir velozmente, no es una carrera ni un viaje en el metro, sino un bello recorrido en canoa en un lago hermoso rodeado de montañas. No queremos que ocura rápidamente, queremos disfrutar del paisaje.
Sin prisa, porque no había nada más importante que hacer, nos sentamos alrededor de la cama a comer almendras y dátiles, mientras brindábamos con espumante en unas hermosas copas talladas con flores, celebrando la belleza de la vida.