Por Mercedes Campiglia
A inicios de año los padres de ella habían fallecido. Decidieron, sin embargo, buscar este embarazo. La vida sigue su marcha, abriéndose paso entre el dolor a machetazo limpio. Muchos no lograron entenderlo... no entendieron tampoco su deseo de tener un parto en casa, pero ellos estaban decididos y su corazón arraigó a la idea.
Eligieron confiar y, cuando asomaba la mañana a través del manto oscuro de la noche, después de haber permanecido en vela mecidos por los balanceos del vientre, nos buscaron. Fuimos llegando de a poco a su encuentro, en nuestras escobas, las brujas.
A ella le gustaba conversar, así que al inicio charlamos de la vida, del amor, de la fuerza... las ideas se hacían palabras que salían fluidamente de nuestras bocas para interrumpirse cuando llegaba una contracción y retomar su hilo luego. Gradualmente el parto fue imponiendo sus propios sonidos y silenciando el relajado y alegre chachareo. Aferrada al cuerpo y a la mirada de su marido recorrió el resto del trayecto. Tres veladoras de colores acompañaron su camino.
Tuvieron una hija. Ella recordó que había soñado con una niña de piel muy blanca, como la que acababa de parir, que llevaba una diadema en el cabello: "Se parece a su abuela" dijo al verla. Él estaba cierto de que tendría una hija; su madre se lo había anunciado desde que era un niño. Y le había dicho también que sería conversadora como la mujer con la que terminaría por casarse. Una sentencia vieja le alcanzaba en este momento, esa palabra embrujada, enunciada años atrás, que le destinaba a vivir rodeado del canturreo perpetuo de voces femeninas.
Los linajes nos marcan, nos acompañan, nos arropan y nos empujan. Estuvieron presentes en este parto, lo están en todos. Las abuelas lograron infiltrarse a través de los relatos y los recuerdos. Arrojando su lanceta por los telares de cintura de las tramas familiares, fueron creando la urdimbre del delicado rebozo que entrelaza la muerte con la vida.