Por Mercedes Campiglia
Ella eligió su camino, no es el que yo hubiera escogido para mí, pero eso qué importa. Mi trabajo consiste en acompañar a las mujeres en las rutas que cada cual traza, no en tratar de llevarlas a todas a recorrer mis senderos favoritos.
Siendo hija de una educadora perinatal experimentada y habiendo parido a su primer hijo, contaba con toda la información necesaria. Después de valorar las opciones, revisar entre sus archivos mentales y consultarlo con sus fantasmas vagabundos, definió que quería una inducción para este segundo nacimiento.
Su parto anterior avanzó rápidamente y, en esta ocasión, le inquietaba la posibilidad de no llegar a tiempo al hospital porque su médico le había anunciado que el cérvix estaba ya cinco centímetros dilatado antes de que las contracciones siquiera comenzaran.
Así que lo organizó todo: eligió el día y la hora, dejó a su hijo mayor al cuidado de la abuela, empacó sus cosas, se aseguró de que tuviéramos todos las pruebas Covid que la insitutción exigía y se fue hacia el hospital decidida a parir a su niña. Se vistió con una coqueta bata de parto que su madre le había regalado, puso a sonar la música de ópera cuidadosamente seleccionada para la ocasión e impregnó el lugar con el aroma de las esencias que le resultaban más agradables.
Al principio charlamos alegres por el reencuentro y entusiasmados por la aventura del viaje que se avecinaba. Luego las contracciones se dejaron caer con toda su fuerza y ella fue pasando de la risa al llanto y del llanto al gemido; de la pelota a la tina y de la tina a los rebozos... arropada por la tierna mirada y la suave caricia de su fantástico compañero de viaje, que danzó acoplándose delicadamente a los movimientos de esta coreografía inventada sobre la marcha, que los llevaría al punto en el que, de rodillas, terminaría por parir a la niña que llevaba en las entrañas.
Si algo me ha enseñado este camino es que no hay maneras correctas o incorrectas de hacer las cosas, de forma que cada cual debe escuchar lo que su corazón le dicta y dejarse guiar por la brújula de la intuición. Ella lo hizo y acertó, porque tuvo el parto con el que soñaba. Y yo acerté también al acallar mis propios fantasmas, esos que me invitan a pensar que sé lo que conviene cuando en realidad no tengo la más pálida idea de nada.
Este no es un camino de capitanes ni remeros que mueven las embarcaciones a voluntad por una ruta previamente trazada... se trata más de una ruta embrujada en la que hay que preguntarle a las estrellas y los vientos el camino que conviene elegir. Resulta necesario agudizar la escucha para detectar los sonidos sutiles, como lo hacen los entrenados oídos de los músicos; percibir las voces delicadas que susurran verdades desde los mundos interiores.
Somos viajeros de un sendero habitado por hadas y duendes, poblado de pasadizos secretos, hechizos y pociones mágicas. Así que lo mejor es recorrerlo descalzos y atentos, desprendiéndonos de los ropajes de las concepciones prefabricadas y aprendiendo a escuchar, no solo con los oídos, sino con la piel, con la mirada, con las yemas de los dedos... para descubrir la sinfonía perfecta que compone cada nacimiento.