Por Mercedes Campiglia
Fueron dos noches. Una en la casa de ellos, en penumbras, entre sueños, masajes en la espalda, movimientos con el rebozo y el tum-tum del corazón del bebé que llenaba la habitación, de tanto en tanto, confirmándonos que todo marchaba bien adentro. La segunda en el hospital... pensamos que el nacimiento ocurriría rápidamente, todo apuntaba a ello. Pero las horas pasaban y yo iba cancelando, uno a uno, los compromisos del día siguiente. Nunca antes había recargado tantas veces el parquímetro de mi auto; no podía imaginar que pasarían 15 horas hasta que finalmente saliera la cabeza más grande que he visto en los 13 años que llevo acompañando partos, de la mujer más menuda con la que me ha tocado trabajar.
Un bebé enorme, de 4 kg, fue colocado en el pecho de su madre. Ocupaba el cuerpo entero de esta pequeña mujer a la que se le podían ver las costillas y las vértebras através de una delgada y morena piel. Su magro cuerpo había encontrado el modo de acoger primero, tras una modesta panza que impedía imaginar las dimensiones de lo que llevaba dentro, y dar paso después a este bebé de titanes.
Con una determinación impresionante ella hizo frente a la ardua labor que la vida le encomendó y salió avante sin llevarse un rasguño siquiera. La clave... toneladas de paciencia y de confianza, acompañadas de carretadas de amor.
Cuando llegamos al punto en el que todos sentimos que íbamos a desfallecer y ella pidió una anestesia porque estaba convencida de que no podría seguir adelante, su marido se quitó los pantalones y en calzoncillos saltó a la tina en la que ella estaba para abrazarla y decirle: "claro que podés negrita, sos un titán". Su médico le explicó que quizá el bloqueo no fuera su mejor alternativa porque hacía falta aun que el bebé se acomodara y pujarlo luego, para lo que convenía que pudiera moverse y cambiar de posiciones. La miró amorosamente a los ojos y le aseguró: "puedes hacerlo, confía en tu cuerpo'. Ella reflexionó "me falta confianza " dijo en voz audible, y eligió confiar.
En ese preciso instante acabaron las negociaciones y los forcejeos... se abandonó al ritmo somnoliento de los partos cuando se acercan al final, dejándose caer en el adormecimiento de las pausas y experimentando la intensidad de las contracciones, sin oponer ninguna clase de resistencia. Su compañero se acurrucó junto a ella y se acopló al vaivén del viaje.
Cinco horas de pujó hicieron falta para que el bebé naciera una vez que hubo terminado de rotar, una cantidad incontable de contracciones transcurrieron con la cabeza medio adentro y medio afuera. Nadie empujó, nadie cortó, nadie distendió los labios de esa vagina con los dedos, nadie puso hormonas para incrementar el ritmo de unas contracciones a las que se les había dado por espaciarse creando larguísimas pausas, nadie forzó ninguna posición, nadie dió instrucciones de pujó a los gritos.
El cuerpo de ella negoció pausadamente hasta abrir paso al niño. Y fue así que, tras un proceso que duró el tiempo que los involucrados requirieron, el bebé titán, perfectamente saludable, fue colocado en los brazos de su madre, que no tenía un solo desgarro en el periné, porque éste había sido tratado con la gentileza necesaria.
La placenta siguió al niño y el parto concluyó relajadamente con un papá que lloraba conmovido, un bebé que descubría el pecho y una mujer que se había revelado como la titana que en realidad era. Durante las horas que comprendió su proceso de metamorfosis, abrió la cremallera de su funda de fragilidad y se mostró ante nuestros ojos, poderosa e inmensa. ¿Cómo habría podido parir un niño pequeño desde semejante grandeza?