Por Mercedes Campiglia

“No quiero ver a la bebé" dijo ella cuando estaba ya montada en la camilla que la conduciría hasta el quirófano... "me ha hecho sufrir demasiado". Una frase punzante que congeló el aire haciéndolo irrespirable por un momento.

Una larga y empinada senda nos había conducido hasta ese paraje... 42 semanas completitas de espera, un mes de incertidumbre, un revoltijo de ansiedades propias y ajenas, tres días sin dormir, 18 horas de intenso trabajo de parto en el hospital, una cantidad incontable de contracciones, todas las posiciones y maniobras imaginables, nueve horas de goteo de oxitocina, tres dosis de analgesia, muchas muchísimas lágrimas.

Ella le reclamaba al mundo a gritos con una furia desconsolada; había hecho todo bien y nada salía como esperaba. Él simplemente tomó su cara entre las manos y la llenó de besos hasta que una bebita gorda y hermosa fue colocada en su pecho. Cuando estamos rotos, cuando nos caemos en pedazos, el abrazo tierno del amor es lo que nos sostiene. Los ojos enamorados tienen miradas penetrantes que les permiten ver la belleza aunque se vista de tempestad.

Debo decir que, aun cuando el camino fue agotador y desafiante, las escenas que vienen a mi mente esta mañana son todas bellas; los paisajes del amor: ellos dos trepados en la cama del hospital recordando la primer vivienda en la que fueron felices con solo un colchón individual y un clóset para tres camisas, él ofreciéndole bebida y alimento un millón de veces, acariciando su cabello, consolándola cuando se desesperaba y llorando silenciosamente acurrucado en su espalda cuando el camino se tornó tortuoso.

No se separó ni un instante ella; no se refugió en el celular, no pidió un receso. No quiso ir a dormir ni siquiera mientras ella descansaba cuando llegó el alivio de la anestesia; sentado en una silla dormitaba apoyando la cabeza en la cama para no separársele ni por un momento.

A veces necesitamos recorrer largas travesías para encontrar tesoros y en esta historia el amor fue sin duda la joya que asomó ente el fango, revelando su hermosura. Un remanso en la tormenta de este nacimiento permitió que los que se amaban pudieran encontrarse porque nadie interfirió con sus tiempos, porque se permitió que la intimidad tuviera centralidad en la escena. Ese remanso es el que construye la atención humanizada y por eso siempre me contaré en las filas de quienes la defienden.

Cuando son respetados los principios de la medicina basada en evidencia, cuando el nacimiento ocurre en espacios cálidos y privados, cuando se escuchan las preferencias y necesidades de aquellos a los que se atiende, cuando se tiene paciencia, sensibilidad, empatía... la dificultad, si toca, no es culpa de nadie; es la tormenta por la que navegamos juntos como náufragos que comparten una misma balsa.

Traer niños al mundo no es cosa sencilla, se trata de una tarea complicada que requiere el máximo esfuerzo y comprende un revoltijo de emociones. Así que conviene empezar por destronar a los jueces internos y externos y abrazarse fuertemente a los afectos, que serán los que nos mantengan a flote. Y es importante también rodearse de las personas indicadas... un médico que se ofreció a valorar la evolución del proceso yendo a casa de la mujer un par de veces durante el trabajo de parto, una neonatóloga que se aseguró de que mamá, papá y bebé se reconocieran y se enamoraran sin que nada ni nadie pudiera interferir con ello.

Todos los partos están llenos de enseñanzas; algunos son cursos cortos y otros, como éste, parecen auténticos doctorados, que requieren de nosotros sudor y lágrimas, pero que nos dejan con título, cédula y nuevo grado.