Por Mercedes Campiglia
Una llamada a las 4:30 am me hizo saber que las contracciones parecían empezar a encontrar un ritmo. Pero, como suele suceder, se desordenaron nuevamente ni bien rompió el alba. Yo pensé que no sería sino hasta que el sol se escondiera nuevamente que volvería a tener noticias suyas.
Pero el sol no había llegado ni a la mitad de su viaje por la cúpula celeste cuando recibí una avalancha de mensajes de la doctora:
[21/10 12:12]: Meche
[21/10 12:12]: Ya la revisé
[21/10 12:12]: Tiene 4 cm
[21/10 12:13]: Bb chueco casi posterior (así se acomodó el hermano)
[21/10 12:13]: Doble circular de cordón
[21/10 12:13]: Contracciones buenas
[21/10 12:13]: Están aquí en el consul
Me pedía que fuera al consultorio para intentar que el muchacho cambiará de parecer y se acomodara de mejor manera. El plan era dar cuatro horas de margen y, si no lográbamos resolver el tema, definir la cosa mediante una una cesárea.
No me había tocado acompañarlos en aquella ocasión pero sabía que en el nacimiento de su primer hijo, después de cinco horas de pujó, habían terminado en una cesárea. La conclusión era que algún tema con su útero hacia que los bebés se colocarán mal.
No querían pasar otra vez por la misma experiencia, así que habían decidido que, de presentarse el caso de que la cosa se estancara nuevamente, optarían por una cesárea antes de llegar al punto de agotamiento que habían experimentado en su experiencia previa.
Agarré mis chivas e hice acopio de todo lo aprendido en estos años. Durante una hora tuvimos una auténtica sesión de acrobacias en un fantástico espacio del consultorio de este equipo que está acondicionado con pelotas y recursos diversos para trabajar.
Vinieron a cuento las maniobras, rebozos y pomadas de las parteras tradicionales, los recursos aprendidos en formaciones con mujeres de otras latitudes sobre apertura pélvica y cambio de posiciones de bebés desorientados; hasta los trucos de los que alguna vez había escuchado hablar fueron puestos en marcha.
Yo no puedo saber si algo de lo que intentamos terminó funcionando o si ese bebé y esa mamá hubieran encontrado su camino de cualquier forma y tuvieron que hacerlo, a pesar de las piruetas. Pero la cosa es que llegaron muy pronto unas intensas ganas de pujar y, cuando su médica revisó, el bebé estaba cerca de nacer.
Subimos ella, el marido, la médica y yo a mi auto para recorrer, a toda prisa, las tres cuadras que nos separaban del hospital. La doctora iba con los guantes puestos por si el niño decidía nacer en el asiento trasero de mi coche, que finalmente solo se llevó una salpicada de líquido amniótico cuando se rompió la fuente.
El bebé esperó a que su madre se acomodara en un banco de parto para pujarlo y a que la pediatra corriera las mismas tres cuadras para llegar a recibirle. Hermosas historias que nos confirman que los partos son impredecibles y fantásticos.
Yo diría que quizá estos papás estaban más preparados para una nueva cesárea que para el parto completamente espontáneo y libre que su bebé eligió como forma de nacer.