Por Mercedes Campiglia

Ella era muy rápida para parir... Me lo advirtió desde nuestro primer encuentro. Había sorprendido a todo el mundo en el nacimiento de su primer hijo porque, como las contracciones nunca le resultaron largas ni intensas, nadie imaginó que llegaría al hospital con el niño a punto de nacer.

A pesar de haber transitado un camino tan sencillo, todo había salido de control en el momento de pujar; quería asegurarse esta vez de trazar una ruta distinta. Una episiotomía con un profundo desgarro en el periné... y en el corazón, le habían dejado como consecuencia un posparto dificultoso en muchos sentidos.

Se había quemado una vez y, como es natural, le costaba ahora tener confianza. Parte importante de su trabajo consistió justamente en permitirse confiar en su cuerpo y en quienes la acompañaríamos en este segundo nacimiento que eligió que ocurriera en casa.

Siendo fisioterapeuta, conocía una metodología especial, desarrollada por cadenistas musculares, para la protección del piso pélvico. Estaba sumamente interesada en tener un pujo con determinadas técnicas que se empeñó en enseñarme para que la asistiera adecuadamente. Creo que es la primera vez que en una entrevista me imparten una clase completa de fisiología... en esta vida siempre se aprende algo nuevo.

Cuando las contracciones se dejaron sentir ella salía del homeópata para dirigirse a una comida con su suegra, pero decidió cancelar la agenda sabiendo que su bebé estaba cerca de nacer. Apenas nos avisó corrimos hacia su casa y la encontramos ya con ganas de pujar. No hubo tiempo de nada. Eligió la posición que había estudiado y trajo al mundo a ésta, que descubriríamos que era una pequeña niña, mientras su marido recitaba en silencio los rezos de la tradición que les cobija.

Su hijo major entró a la habitación después del parto y, con una risa absolutamente conmovedora, se fue animando a acercarse a la recién llegada que descansaba en el pecho de su madre... preguntó por dónde había nacido, preguntó sobre la placenta y la capa de vérnix que cubría el cuerpo húmedo de su arrugada hermanita. Corrió a su cuarto a traer un pollito de cuerda y lo puso a andar para animarla.

Los externos levantamos, nos fuimos y dejamos a los cuatro que formaban esta familia, metidos en la cama, mirando la lluvia fresca caer por la venta, bebiendo agua de coco, comiendo dátiles y hablando por teléfono con conmovidos familiares que lloraban al otro lado de la línea. Bellísimos nacimientos en casa, hechos a la medida de cada corazón y arropados por la intimidad.