Por Mercedes Campiglia
La fuente se rompió al romper el alba del día de su cumpleaños, y el nacimiento de la niña niña que esperaba ocurriría tan solo unas horas más tarde. El destino, refutando las predicciones de las parteras y los astros, había elegido que madre e hija, a partir de ese momento, soplaran juntas las velitas del pastel cada 22 de junio.
El recorrido hasta encontrarse lo anduvieron en el espacio íntimo y cálido de una casa que parecía poblada por el espíritu de la selva... Un conejo saltaba de una habitación a otra entre plantas, altares, piezas arqueológicas, esculturas talladas en madera y colecciones de todo tipo. Montones de fotos, sujetas a lazos por pequeños ganchitos, hacían del sitio una suerte de tendedero de la memoria.
Cuando llegué humeaba ya el agua caliente de una tina, colocada en el corazón mismo de la casa, que acentuaba la sensación de humedad fértil y nutricia, envolviendo en su bruma a los sonidos inconfundibles del parto.
Un jugo de zanahoria que nadie bebió y un desayuno que nadie probó aguardaban en una pequeña mesa, mientras ella se refugiaba en el baño. Dueña de su cuerpo y de su proceso, comandó la experiencia con una sabiduría ancestral que le dictaron al oído las células que le heredaron sus abuelas.
"No sé si voy a poder" dijo en un momento, pero yo no tenía duda de que podría. Contaba con todo lo necesario... Un espacio íntimo en el que acurrucarse, rituales que la cobijaran, plena conciencia de su cuerpo y el acompañamiento absolutamente conmovedor de su pareja, cuyas manos, ojos y palabras sabían siempre cómo y dónde posarse. Acarició su frente, sus piernas y su vientre, le susurró arrullos y rezos, la sujetó cuando necesitaba un ancla y la empujó cuando hacía falta levantar el vuelo.
Fue tan hermoso verlos amarse para traer su niña al mundo, confiando el camino que les indicaba la brújula que el corazón tiene integrada por naturaleza. Pisaron el pasto con los pies desnudos para conectarse con al tierra, buscaron consuelo en el agua, tomaron energía de la miel y de sus ancestros, ayudaron al útero a cerrarse cuando sangraba comiendo un pequeño trozo de placenta cada uno...
Gracias "mujer medicina", me escribió ella a la mañana siguiente, pero la medicina la tenían en los ríos que corrían por sus venas, en el canto del viento y las cascadas que salía de su garganta, en la planta de los pies que habían andado por parajes bellos.
Llegó la niña después de que ella terminara de negociar con sus músculos y sus miedos, hasta convencerlos de abrirse. Se abrió paso, sin dejar un rasguño en el cuerpo de su madre, y encontró el camino hasta su pecho.
Se quedaron los tres abrazados en un pequeño colchón tirado en el suelo, cubiertos de mantas y reconociendo a la niña de los mil nombres para tratar de adivinar en sus ojos cuál era aquel con el que habrían de llamarla finalmente.
Yo los escuché, mientras levantaba el desorden, cantando las primeras mañanitas compartidas para celebrar la vida de estas dos mujeres que había quedado atada. Al cortar el cordón umbilical, tras desearle una vida bella y fácil a la niña, su padre afirmó: "Siempre vamos a estar juntos". Lo dijo sabiendo del poder iniciático que tienen las palabras enunciadas en el portal de la vida y produjo un poderoso e invisible amarre entre estas tres almas que se hicieron familia.