Por Mercedes Campiglia

"Ahora sé por qué me decían que todavía no era tiempo de venir al hospital esta mañana" dijo ella cuando el parto empezó a tomar forma. Trabajó arduamente con cada una de las contracciiones, balanceándose entre el dolor y el placer, por siete horas, hasta que llegó el punto en que las olas la llevaron a la rompiente y empezó a comer arena.

Pidió entonces una analgesia y, cuando yo salí de la habitación un momento después de que se la aplicaran, le dijo a su ginecóloga que tenía miedo de decepcionarme. ¿En qué momento se asumió que las doulas vamos a los partos a evitar que las mujeres se apliquen un bloqueo? ¿Por qué se ha arraigado la idea de que un parto humanizado es uno en el que no se requiere hacer uso de anestesia?

Yo sencillamente no acepto la encomienda de tratar de evitar que las mujeres se valgan de los recursos de que les de la gana para traer a sus niños al mundo. Me niego, además, a pensar que las 13 horas de trabajo que requirió este nacimiento fueron inútiles por el hecho de que ella haya decidido hacer uso de analgesia, ejerciendo el derecho a decidir sobre su cuerpo y la manera en que prefería lidiar con el dolor.

Pienso que acompañar es otra cosa, es estar disponible para recorrer el viaje que otro elige, es sostener cuando haga falta... prestar los ojos, la mirada, las manos... poner el tiempo, el cuerpo y el corazón a disposición de un proceso que no es el propio. Y acompañar este nacimiento fue hermoso y perfecto. Fue bellísimo ver llegar el alivio y la alegría a los ojos de ella cuando se le habían extraviado.

Su parto fue hermoso y gentil, acompañado con respeto y amor. Su marido estuvo sosteniéndola. La anestesióloga, la ginecóloga y la pediatra que acompañaron este nacimiento son mujeres fantásticas y fueron desplegando su propia colección de hechizos cuando llegó el momento; no como en una suerte de competencia de talentos en la que cada cual quisiera sacar un conejo más gordo de su galera de mago, sino en una suerte de cónclave de brujas.

Yo, personalmente, me quedo deslumbrada con la belleza de su arte, de sus modos y de sus cabellos. Contenta de haber podido hacer lo mío y de haber visto a las demás preparar en sus calderos las pócimas que yo jamás podría ofrecer, para arropar la llegada de la vida húmeda, tierna y ensangrentada.