Por Mercedes Campiglia

Eligieron una casa de partos porque eso permitía que su hijo estuviera presente en el nacimiento de esta bebé que llegaría a convertirlo en hermano mayor. En cuanto vi al enano de cuatro años entrar a la habitación vestido con una camisa especialmente elegida por él para la ocasión, entendí por qué era tan importante su presencia.

Debe haber entrado y salido del cuarto en el que estaban sus padres un millón de veces; iba acompañado por la abuela que tenía claro que su papel principal era el de entretenerlo. Saltó sobre la pelota de parto que era "su planeta Marte", comió palitos de chocolate, dibujó e iluminó todo con su alegría absolutamente irresistible para la concurrencia. Cuando escuchaba a la mamá quejarse durante las contracciones, le decía con ternura y unos ojitos que se le ponían tristes por un momento: "Tranquila mamá, no quiero que llores."

En cuanto se enteró de que se preparaba una tina calentita para que su hermanita naciera, se apuntó al plan y, mientras su mamá aprovechaba el agua para reducir la intensidad del dolor de las contracciones, él buceaba y hacía monerías con un trasto.

En un intento por prepararlo para la ocasión, le habían mostrado montones de partos de mamíferos de diversas especies, por lo que sabía que habría sangre involucrada en el proceso, lo cual no le gustaba ni un poquito. Estaba bien atento para asegurarse de que ese relleno líquido que las personas tenemos dentro, no fuera a tocarlo cuando saliera del cuerpo de su madre.

Cuando la bebé nació él había sido secado y arropado por su abuela y miraba intrigado desde la orilla. Su papá ocupó el espacio que dejó disponible abrazando con su cuerpo el de esta mujer que empujaba a la vida en un espacio que parecía haber sido diseñado especialmente para ellos. Una vez que esta criatura arrugada estuvo en los brazos de su madre, el nene preguntó si podía tocarla... le agarró un pie. Y, para su sorpresa, descubrió que la sangre no duele cuando la tocas, porque el agua se había pintado de rojo para entonces, anunciando que nacería la placenta.

En este parto la abuela cuidó del niño para que el padre pudiera cuidar de la madre que, a su vez, cuidaba el proceso del nacimiento de la pequeña niña que llegó al mundo envuelta en el fino hilado del amor. Todo parto debería ocurrir arropado por el delicado tejido que crean las hebras de los corazones cuando se enlazan unos a otros.