Por Mercedes Campiglia
Una niña mimada es lo que soy, no tengo queja. La vida me ha llenado de obsequios y caricias gratuitos e inmerecidos. Hoy me regaló otro parto hermoso y suave. A las 13:30 recibí la primera noticia de que el camino había iniciado, a las 14:15 ya salía saltando topes y baches, tras arrastrar a mi hijo fuera del taller que cursaba, para depositarlo a toda prisa en la puerta de casa, donde mi marido me esperaba para entregarme la maleta de parto. Contracciones muy seguidas e intensas. Recorrí las calles violando todos los límites de velocidad hasta llegar a su casa; no había música, los sonidos de pujo llenaban el aire. 15:39, ni bien la doctora terminó de colocarse los guantes y sacar un par de objetos de su bolso, ella dió los empujones finales, sentada en un banco de parto, y recibió a su pequeño niño en los brazos.
Ni hablar de inflar la tina; no hizo falta. El nacimiento transcurrió llevado por la mano del amor. Aferrada a su madre con la izquierda y a su marido con la derecha, ella se enfrentó a las olas que azotaban el arrecife de su cuerpo. Su padre, entretanto, fue abriendo la puerta a todos los que llegamos hasta que no quedó más que abrir el corazón.
No quería acercarse demasiado por temor a contaminar: "Estás limpio papá", le dijo amorosamente ella. Él dió entonces un paso al frente y lloró de amor, como un niño, en cuanto vio a su pequeño nieto en los brazos de esta hija que se le convertía en madre.
Después del parto, tendido en la cama junto a su mujer, el nuevo padre que contemplaba al niño prendido del pecho me dijo: "¿Podrías quitarte el cubrebocas un momento para conocer tu sonrisa?" Y así fue como nos vimos los rostros por primera vez después de haber viajado juntos al centro de la tierra. De cualquier forma estoy segura de que la sonrisa se me asomaba por los ojos porque no hay manera de amordazar la alegría que produce la llegada de la vida, que se dejaría ver aunque tuviéramos que usar burka para acompañar a los nacimientos.