Por Mercedes Campiglia

Fueron muchas, muchísimas horas... Varios días me acosté esperando despertar con una llamada que me avisara que este nacimiento había finalmente terminado de arrancar. Pero una mañana tras otra me levantó el rasqueteo de mi perra en la puerta anunciando que había llegado el momento de su paseo.

Todo en esta ocasión escapó a mis predicciones... ella tenía cuatro centímetros de dilatación cuando yo le aconsejé que fuéramos al hospital intuyendo que rondaría los ocho. Unas horas más tarde me asomaba discretamente con un espejo entre sus piernas pensando que vería aparecer en cualquier momento una cabecita llena de pelo cuando su cérvix apenas tenía poco más de la mitad del camino recorrido.

Todas mis herramientas de navegación fallaron; aparentemente transitamos la ruta del Triángulo de las Bermudas. Cantos de sirena hicieron que de pronto todo dejara de ser lo que aparentaba... Cuando algo parecía evidente, un velo se descorría revelando la realidad como una suerte de matryoshka en la que avanzábamos de un cascarón hasta el siguiente sin encontrar la pulpa.

Caminamos muchas horas en la incertidumbre, trazando rutas sobre arena seca que el soplar del viento borraba. Lo que parecía ser un lago de agua fresca se revelaba como espejismo y nos sumía en una trampa de arena, la vez que los amenazantes tigres que acechaban el sendero escondían sus fauces y se acercaban a lamernos la mano.

Debo decir que me alegró descubrir que todos los involucrados, sorprendentemente, acordamos en pacto secreto y silencioso, soltar amarras y renunciar a cualquier intento de control. Nos dispusimos dócilmente a acoplarnos a los giros inesperados que el camino sinuoso revelaba al recorrerle. Realizamos así un fantástico y misterioso viaje que nos llevó a despedazar montones de expectativas hasta llegar al estallido del último de los espejos, tras el cual un bebé perfecto y saludable llegó a los brazos de sus padres.

El problema no es la realidad; la realidad es.. no hay fallo posible en ella. El problema son las expectativas que nos hacemos de ella... son esas las desajustadas. Pensamos que entendemos, que conocemos las reglas del juego, y de pronto descubrimos que no tenemos idea siquiera de cuál es el tablero sobre el que lanzamos los dados. Este parto fue, y nosotros lo acompañamos. Lo descubrimos sobre la marcha y nos fuimos descubriendo en él, encontrando cada cual su papel en la escena.

Lo demás son detalles que no merece la pena contar, idas y vueltas... un tapete de yoga doblado en el suelo, un par de camionetas, una habitación con dos baños, una junta que no tuvo que ser pospuesta y otras dos que se agendaron, un corazón que latía demasiado rápido, la esquina de un sillón, un sándwich de pavo, un hospital con millones de pasillos, un agua mineral helada, una sala de labor minúscula, un líquido amniótico demasiado verde... y un quirófano al que ya no pude entrar.

"Masculino. 8-9 de Apgar. Pendiente el peso"

Timbró mi celular a la 1:37 am cuando, después de darme una ducha tras las 13 horas de trabajo, comía algo acurrucada en la cama de mi hijo mayor mientras veíamos atletas compitiendo por medallas al otro lado del mundo. Finalmente llegamos a buen puerto pensé, y el cansancio se asentó en mi cuerpo hundiéndome en las aguas de un sueño profundo y reparador.