Por Mercedes Campiglia

Los partos siempre nos sorprenden; por eso son tan encantadores. No hay manera de apoltronarse cómodamente en el sofá para ver pasar la vida. Su realidad caótica y perfecta trae una y otra vez al centro de la escena, la verdad ineludible de que no tenemos la más pálida idea acerca de qué va a tratar cada día.

Yo me acosté anoche teniendo programada una inducción que iniciaría a las 8:00 am. Me ofrecí entonces para llevar la ronda de mis hijos a la escuela, pensando en quedar liberada temprano de las responsabilidades maternas. Pero no llegó a sonar la alarma de mi celular, programada para hacer a tiempo de preparar desayunos y salir al colegio, porque me despertó a las 5:20 un mensaje que decía: "Ya estamos en el hospital". Qué temprano llegaron, pensé.

En realidad tampoco habían sonado el despertador de ellos para avisarles que era momento de subir la maleta al auto y disponerse a iniciar el viaje que les llevaría a recibir a este niño que esperaban hacía 41 semanas. Su bebé escogió una ruta diferente a la planeada. Decidió que a él nadie iba a marcarle el ritmo y puso a trabajar el útero de su madre durante la última noche que le quedaba antes del desalojo. Así que a esas alturas de la mañana, cuando decidieron contactarme, las contracciones eran ya intensas y frecuentes.

Salté a la ducha, cogí mi maleta, le encomendé una vez más los críos a mi marido y manejé a toda prisa hasta el hospital. Cuando estaba cerca recibí otro mensaje: "9 de dilatación". Pensé que llegaría a felicitar a los padres, a quienes esperaba encontrar con un bebé en brazos... pero no fue así. Menos de una hora había tardado el cuerpo de ella en avanzar 4 cm y 4 horas le tomaría dilatar el último.

Todo estaba bien, simplemente requería paciencia. Ella pasó un rato metida en la tina con él muy cerquita acompañándola. Cuando salió del agua decidió arroparse con una bata satinada de flores que había pertenecido a su abuela y que la abrazaría suavemente el resto del viaje.

En un momento pensó que no lo lograría... lo pensamos todas... Porque el parto en realidad es imposible. Es una tarea que nadie puede realizar; de manera que no queda más que rendirse. Y es justo ahí que sucede la magia; pasas de ser grieta a convertirte en río, cuando una fuerza que eres y no eres te desborda con su caudal de vida y te trae un niño hasta los brazos.

La dejé descansando en la orilla de sí misma, abrazada de su bebé húmedo y bañada por la tibia luz de la sonrisa del amor. Recordé entonces que anoche había soñado que recorría los rápidos de un caudaloso río... justo como los de este nacimiento, en el que ella se convirtió en un cauce torrencial y nos permitió navegar en sus aguas.