Por Mercedes Campiglia

Fue su segundo parto, el primero en el que me toca acompañarles. La vez anterior un viaje se interpuso en nuestra intención de recorrer juntos el camino, así que se me quedaron atoradas las ganas. El plan en esta ocasión sonaba genial! Segundo bebé después de un nacimiento en agua, una pareja hermosa, súper equipo, gran lugar y una doula, amiga de la mamá, como apoyo a lo largo del proceso.

El bebé anunció que se acercaba su momento de nacer cuando cayó la noche. Ellos, sin embargo, decidieron quedarse trabajando en casa casi hasta romper el alba, acompañados de su amorosa amiga-doula que durmió a su lado, mecida por los vaivenes con que sacude las embarcaciones el oleaje de la llegada de la vida.

Cuando yo los encontré en la habitación bella y acogedora que habían elegido para recibir a su niño, las contracciones eran ya muy intensas y frecuentes; prácticamente no había pausa. Las células de mi cuerpo iniciaron entonces el ritual al que la oxitocina las convoca... rebozo, pelota, banco, presiones, masajes, música, esencias... siempre igual, siempre diferente. Como los conjuros que susurran las hechiceras, como los mantras que recitan los monjes, como el rosario de las abuelas, como los juegos de los niños; esa suerte de repetición rítmica que aquieta la cabeza y pone el corazón al mando.

Para ella no fue tan sencillo como yo esperaba, no fue tan sencillo como ella misma hubiera creído. Se trató de un trabajo intenso y desafiante que la llevó a exclamar, aliviada, cuando tuvo a su niño en brazos: "¡Lo logramos! ¡Estoy viva!"

Nuestros huesos, nuestros músculos, nuestros tendones, nuestros miedos, nuestras expectativas... hacen que cada nacimiento sea único e irrepetible. Suele ocurrir que los segundos partos resultan más sencillos que los primeros, porque el cuerpo conoce el papel que le toca; pero no necesariamente sucede así.

A ella estas 11 horas le costaron más que los dos días del nacimiento previo. Y eso no quiere decir que nada haya estado mal, simplemente se trató de una ruta requirió de enorme esfuerzo; tanto para ella como para el niño. La pendiente se volvió tan pronunciada al final que tuvieron que valerse de picos y cuerdas para conseguir escalar el último trecho.

Pero lo consiguieron... llegaron, exhaustos e ilesos, a disfrutar del aire en los cabellos que solo puede sentirse cuando se ha conquistado la cima de una montaña. El niño bebió sediento de la leche del pecho de su madre hasta quedar satisfecho, la madre comió un trozo de chocolate con almendras que la pediatra sacó de su bolso y el padre se recostó junto a ellos en una cama amplia que le contemplaba como parte del nido. Se tomaron fotos hermosas, se dijeron palabras dulces. Llegaron los cobertores, los masajes en los pies, el licuado de placenta, las risas y los primeros recuentos del evento.

Un audio con el llanto del recién nacido le hizo saber a la pequeña niña de dos años que su hermano había llegado. Respondió con un dulce mensaje a media lengua, de esos que solo los padres de niños pequeños logran descifrar con lo que, aun a la distancia, los hermanos se escucharon por primera vez. Y la dulzura de sus amorosos bablbuceos se nos quedó en los labios, dibujando una sonrisa, que enmarcaría con su encanto los profundos rugidos que la precedieron.

Así los partos, toda la fuerza y toda la sutileza reunidas en un mismo evento.