Por Ana Karina Pérez Zamora y Rodrigo Armada Ramírez
Freno de mano, las circunstancias de un embarazo
El freno de mano al mundo que significó la pandemia por COVID 19 en el año 2020 nos llevó a acercarnos, a pasar más tiempo juntos y darnos cuenta del amor que nos tenemos, habíamos perdido un bebé en el año 2012 y desde entonces no habíamos tenido oportunidad de compartir juntos, como pareja, un tiempo de calidad, profundo, los espacios en casa, la comida, los gustos por el cine y la música. Indudablemente ese acercamiento motivó que hiciéramos a León Kinich en mayo del 2020, sin planearlo mucho, pero si deseándolo con todo el corazón, no todo es malo en esta pandemia.
La pandemia nos mostró muchas desigualdades y lo privilegiados que somos, en el anterior embarazo casi sin saber, sin pensarlo y sin preguntárnoslo mucho decidimos que lo atenderíamos en el servicio público de salud, el ISSSTE del que ambos somos beneficiarios. Sin duda, la pandemia nos llevó a reflexionar sobre la salud y la enfermedad, sobre el nacimiento y la muerte.
Entre otras cosas estábamos encerrados, alimentándonos como hacía mucho que no, por ejemplo, cambiamos la compra de viandas del supermercado por hacerlo directamente de los productores, mediante mercados alternativos y agroecológicos, consumimos vegetales que no sabíamos que existían en la agricultura periurbana de la Ciudad de México. Guisamos y lavamos platos como nunca, como casi todos en pandemia y si, nos pegó, pero agradecimos mucho tener un lugar en donde hacerlo y que nos trajeran el alimento a casa.
A pesar de todo el cuidado y del encierro, en una salida a consulta en nuestra semana 20 de embarazo, en octubre de 2020, nos contagiamos de COVID y aunque los síntomas fueron leves, más para Rodrigo que para Karina, el psicovid fue de lo más denso de la enfermedad, la buena alimentación, el ejercicio y tener un lugar plácido donde recuperarnos nos hizo más fuertes. Por fortuna, no requerimos medicamentos, ni cuidados mayores, la hidratación y la buena alimentación fueron nuestros grandes aliados. Pasamos nuestra cuarentena rodeados de amor y cariño por parte de amigos y familia quienes estuvieron diariamente pendientes de nosotros.
Aprendizaje. La elección de un parto en casa y la preparación
Cuando cumplimos tres meses de embarazo decidimos contarles a nuestra familia y amigos más cercanos, enseguida pensé en Mercedes, una amiga de la adolescencia que acompaña partos humanizados desde hace años, y que los narra vívidamente, es probable que esas narraciones hayan nutrido nuestra curiosidad acerca de un parto sano no medicalizado. Nos inscribimos de inmediato al curso que ella, junto con otras doulas, imparten en Experiencia.
En una casa de partería bien cerca de casa encontramos a las que serían nuestras parteras, Kay que conocimos en la plática informativa sobre la atención del parto en casa; Renata, la médico partera que vimos en nuestra primer consulta; y Regina, que estudió la carrera de Desarrollo y Gestión Interculturales en la UNAM, lo que nos inspiró mucha confianza hacia el lugar que estábamos visitando.
Además de llevar nuestras consultas prenatales con las parteras, habíamos acudido con un ginecólogo muy cerca de casa, una búsqueda en internet nos llevó a él, fuimos ahí como a tres consultas, a las cuales no pudimos entrar juntos, por lo que no nos sentimos tan a gusto. En una de las consultas, al preguntarle su opinión sobre el parto humanizado y el acompañamiento de parteras o doulas, él respondió que podían estar, “no estorban”, que si yo quería podía tener un parto humanizado, pero que todas las decisiones las tomaba él y no ellas ni yo, por lo que de inmediato decidimos ya no ir más con él. Hasta ese momento un ultrasonido estructural a los tres meses, indicaba que todo estaba bien.
Por suerte y por recomendación de nuestras parteras y del grupo de Mercedes, encontramos a una ginecóloga pro parto en casa, Itzel, que dio seguimiento al desarrollo del bebé y verificó que el embarazo fuera sano y libre de riesgo.
Entre las reflexiones que venían a partir de los diferentes cursos y lecturas que estábamos haciendo, surgió la del nacer y morir en casa como procesos naturales de la vida, ¿en qué momento fue que los moribundos y las parturientas fueron sacados del mejor lugar para vivir estos procesos para ser hospitalizados? Pensamos en una de nuestras abuelas, de 90 años, que enferma, ya no caminaba, había comenzado con estertores de muerte. La tía Rosa, que vivía con ella, nos llamó alarmada en la madrugada; esa semana la estuvimos cuidando en el hospital, una clínica que estaba saturada, en la que tardó un par de noches en conseguir cama. Sus delirios se dieron en una cama ajena, sin que sus nietos pudiésemos estar reunidos, pasando hambre, frío y sueño. Quizá ese proceso pudo haber sido más amable si lo hubiese vivido en casa, vivir la muerte.
En una de nuestras sesiones del curso de preparación al parto aprendimos que solo el 2% de las mujeres que van a dar a luz están en posibilidad de elegir cómo hacerlo, ¡estábamos dentro de ese porcentaje privilegiado!! Así que elegimos que fuese de manera humanizada y, de ser posible, en nuestra casa, lejos de un hospital, alejados de la pandemia, cercanos a nuestro nido, a nuestro centro, a nuestro espacio.
La preparación al parto consistió en tres cursos, dos sincrónicos y uno diacrónico, todos de manera remota; aprendimos la diferencia entre parteras y doulas, que un parto humanizado también puede ser en un hospital, que es necesario informarse, leer y aprender; y sobre todo pudimos compartir experiencias con otras parejas que esperaban a sus niños.
Además de eso Kari tomó un par de cursos de yoga prenatal y, con la ayuda de su hermana, también se chutó un libro psicoterapéutico sobre el parto; Lore le mandaba audios para que ella no tuviera que leer otro libro más.
Contarle a la familia sobre la decisión de elegir un parto en casa no fue fácil, hubo algunas reacciones negativas, muchos cuestionamientos, muchos malos consejos y miedos; claro, no es fácil aceptarlo cuando toda la vida te han hecho creer que un parto debe estar medicalizado. Sin embargo, nosotros siempre estuvimos muy seguros y confiados en que podíamos hacerlo siempre y cuando el embarazo fuera totalmente sano.
Cambios
A un par de semanas del parto Dani, una cuñada, en pocas palabras, nos recomendó algo así como: recuerden, menos adrenalina y más oxitocina. Estábamos cada día más cercanos al momento.
Nos aconsejaba cómo despedirnos de la pancita, cómo respirar durante las contracciones, cómo hacernos espacio para vivir esas últimas semanas antes de la llegada de Kinich, lo cual sin duda nos llevó a tomar la decisión de prestar más atención, pues seguíamos trabajando desde casa, además de estar en el rush de una remodelación, que veníamos preparando hace tiempo, pero que se prolongó más de lo esperado. Por suerte el cuarto de León fue el primero en estar listo, la cocina y la zotehuela aún estaban en reparación.
El Viaje
Fue el lunes 8 de febrero que las contracciones de preparación, las llamadas braxton hicks, comenzaron, sin dolor y muy esporádicas pero poniendo rígido el abdomen y posicionando al bebé. El camino estaba trazado y nos dimos cuenta cuando la panza comenzó a tener una forma especial. Ese día vinieron Regina y Renata a casa para la última consulta, la revisión que hicieron indicaba que todo seguía bien y que ya iba llegando el momento. León continuaba listo, en posición para su descenso, los signos vitales eran normales y no había señales ni síntomas de alarma.
El viernes anterior habíamos ido por la licencia de maternidad de Karina al ISSSTE, pues a pesar de que quería esperar más tiempo, si el bebé nacía antes de pedirla no tendría posibilidad de reclamar los 90 días de licencia, sino sólo 45. Era momento de informar en el trabajo que había llegado la hora de hacer válida la licencia, pues necesitábamos espacio y tiempo para concluir los arreglos en casa y vivir los últimos días de embarazo en paz y tranquilidad, lejos de presiones y de computadoras.
Karina, desnuda frente al espejo veía sorprendida el pico máximo de su embarazo, por la mañana Rodrigo le había tomado unas fotos donde se imaginaba a sí mismo en un montaje en perspectiva, muy pequeño, ayudándola a cargar esa enorme barriga.
La noche del viernes 12 de febrero Kari tuvo mucha hambre, cenamos en forma y ella pedía más y más, de segundo postre Karina quería un plátano, que ya no se comió pues pasaba de las 12:00 de la noche; León ya estaba dando aviso de su llegada. Sentados en la cama para dormir, de la nada, Kari empezó a llorar con sentimiento pero sin aparente razón, se estaba despidiendo de ser uno mismo con chiquitín. Rodri le dijo al oído que todo estaría bien.
Esa noche fue peculiar, con contracciones leves, hasta las 5:00 am. Cuando una más intensa llegó y los cólicos se hacían presentes, ella se levantó a hacer pipi, salió de un color naranja, tomó y se la envió a las parteras. Rodrigo se levantó a orinar también y lo hizo sobre el pipí de la ella, causándole enojo por su falta de atención al aviso. Por ahí de la 7:00 am, otra contracción y cólicos más fuertes ya no nos permitieron seguir durmiendo, así que nos levantamos. Un baño y alistarse para recibir a la madre de Karina, quien vendría a hacernos compañía.
Ese día teníamos planeado que iría al Centro de Tlalpan a vender unos mezcales en el Tianguis Mezcalero, ¡ja!, eso ya no fue posible. Rodri preparaba el desayuno mientras Kari les describía a las parteras los síntomas que estaba teniendo. Apenas le di unas cucharadas a fruta y el estómago comenzó a limpiarse; el vómito y la diarrea se hicieron presentes.
Mientras Rodri se daba un baño las contracciones se hacían más fuertes y cada vez más frecuentes, ella ya no logró levantarse del escusado, le pidió a él su mano y, mientras la apretaba fuertemente en cada contracción, le dijo que llamara a las parteras para que llegaran lo más pronto posible. Él había tomado los cursos y platicado con sus amigos: “Son 24 horas de trabajo de parto”, “Hemos estado hasta una semana con las mujeres que están en trabajo de parto”, confiaba en que apenas estarían empezando. Sin embargo, a partir de ahí todo se vino en cascada, mucho más rápido de lo imaginado, la manifestación de los signos fue reflexionada horas después de terminado el parto.
Una contracción de pujo se hizo presente junto con un gran gemido que venía desde el vientre, anunciado la pronta llegada de bebé. Karina le pidió a Rodri que extendiera el petate y armara una camita en el cuarto de León, pues sintió una necesidad inmediata de comenzar a gatear, ya sentía su cabecita a punto de salir. Sólo quería que ya llegaran las parteras, sentía que en cualquier momento León saldría. Rodri apenas se la creía, con tranquilidad y apaciguamiento enviaba mensajes de texto y de audio a las parteras. Mientras sostenía la mano de Kari y les mandaba mensaje, escrito y de voz a las parteras, sentía la fuerza de la mano de ella, la energía de la vida que se manifestaba.
Él extendió el petate en el cuarto con hamaca que habíamos dispuesto para el nacimiento de nuestro hijo, y al hacerlo pensaba en la esterilla que venía de Amojileca, Puebla, una comunidad nahua en donde celebran el día de muertos con ofrendas colocadas sobre petates como el que estaba poniendo en el cuarto para el alumbramiento del bebé: “No te asustes con el petate del muerto”- se dijo a sí mismo mientras disponía la cama improvisada en la habitación de León. Tomó la cámara y le hzoe un par de fotos, se veía hermosa, padeciendo el placer de estar próxima a parir.
La ayudó a ir del baño al cuarto, enseguida ella se puso sobre cuatro puntos y, agarrada de su mano, pasaba cada contracción junto con un alarido que le hacía sentír un gran alivio.
La posición que meses antes había elegido para el alumbramiento, todas las abuelas se estaban manifestando y ella solo estaba haciendo un acompañamiento, activo, pero casi sin pensar, tratando de sentir; no pensaba en el dolor si no en el camino, quería ser camino y caminante y eso estábamos haciendo.
La primera en llegar fue Kay, no se sabe quién le abrió, si fue el gato Boox que se movía impaciente por toda la casa desordenada o fue alguno de nosotros; poco después llegó Regina. Ambas se dieron cuenta que el parto estaba muy próximo, mientras Rodrigo sobaba el sacro de Kari, Regi nos hizo una promesa a las personas ahí presentes: “cada contracción es una menos que falta para que llegue bebé”. En cada contracción Kay, Regina y yo acompañábamos el balanceo rítmico del cuerpo de Kari con sonidos guturales, un ommmm de meditación, un canto reverberante que llamaba a bebé a este lado del mundo, un grito amable que lo orientara para venir con nosotros.
El coro de los tres juntos sonaba de lo más bello y reconfortante; por último llegó Renata, ya estaban todas, el om nos daba fuerza. Una sed incontrolable se apoderaba de Karina y con una limonada de parto Rodri y Regi la calmaban. Kay le preguntó si quería sentir la cabecita de León que estaba ya ahí, a punto de salir, ella la sintió entre sus piernas, la sintió con su propia mano, lo que detonó una gran emoción inefable.
Una especie de alegría infinita se apoderó del ambiente, no se supo tampoco quién le abrió a Renata, que venía cargando gran parte del equipo médico, junto con un banco de parto, una pelota en forma de cacahuate, un botiquín, un tanque de oxígeno y quién sabe cuántas cosas más.
Kay le dijo a Rodri en secreto: ¿Quieres ver la cabecita?, él se asomó detrás de Kari para ver que ya venía su hermoso chamaco. Renata observaba con atención, respetando el trabajo de sus colegas más jóvenes. En un momento tomó la cámara para hacer unas muy lindas fotos, unas en donde se vieran nuestros rostros luminosos y resplandecientes de alegría. Kay, de manera muy sutil, le preguntó al papá:” ¿Quieres recibirlo?” No recuerda ya si contestó, había estando besando a Kari, como si esos besos fuesen llamados de apertura, besos grandes con la boca abierta como si se fuesen a comer el uno al otro, esos que estremecen, que ayudan a que la oxitocina se eleve y todo sea más placentero.
Ella se sostuvo fuerte de la hamaca que tanto trabajo costó poner, un regalo especial de un querido amigo, Delfi, matemático aplicado y artesano mixe, elaborada con sus propias manos para León. Solo bastaron unos cuantos pujos más para que asomara por completo su cabeza, mientras su madre le hablaba y le decía: “¡sal chiquitín, ya sal!”.
Ahí estaba él asomado, con la mano pegada a la cara. Rodri lo recibió, tal como queríamos, un pujo más y salió completo; enseguida se lo pasaron a su madre por en medio de las piernas, la emoción fue una risa, un beso, unas palabras dulces y entonces un abrazo y la hora dorada; León Kinich había nacido a las 11:44 de la mañana.
Así, rodeados de las manos cálidas y sensibles de Kay, del cariño y las palabras reconfortantes de Regi, de la observancia, el cuidado y el respeto de Renata, y del profundo amor, sostén y fuerza que nos tenemos, llegó nuestro adorado sol, nuestro León Kinich, con esa luz, fuerza y valentía que su nombre ya le daba. Fue tan rápido que no lo podíamos creer. Ni si quiera había llegado la mamá de Karti que venía en camino.